Sobre extrañar

Creo que es común de todas las personas, a veces, expresarse con esa frase tan trágica “sentirse solo con alguien a tu lado, o sentirse solo en medio de tanta gente”, como dice la canción.

Yo, me siento sola con mucha frecuencia es uno de mis clásicos, pero no me gusta estar sola, no me gusta la sensación de vacío en la que se ve envuelta mi corazón cuando la soledad viene. Es terrible porque comienzo a extrañar cosas que no puedo tener de vuelta, y no por discusiones sino porque no pueden regresar, no importa lo que haga porque también los momentos cambian los sucesos y el futuro no puede ser pintado de la misma forma.

Por ejemplo, hubo un tipo que me hizo mucho daño. Yo lo consideraba mi amigo y lo quería también como más que ello; con frecuencia él me abrazaba cuando me veía, a veces colocaba un beso en mi cabeza, me mecía y yo me sentía protegida, amaba verdaderamente que él me abrazara sentía que podía estar ahí por siempre. Él decía cosas bonitas para mí, una vez cuando le conté que sin querer me había puesto un par de calcetines desiguales acarició mi mejilla y con una sonrisa me dijo “que linda eres”. Él también me engañó diciéndome que no salía con nadie cuando meses atrás llevaba una relación de amigos con una chica con la que iba para algo más y todos lo sabían, yo no me enteré porque prácticamente vivo en una ostra aislada del mundo. También intentó decirme que no era verdad cuando yo sabía que lo era, fue ese mismo que el día en que rechazó mis sentimientos hizo algo más grave: las heridas del corazón son comprensibles, sabía que él no me querría por siempre y reaccioné tarde; pero entonces criticó mi estilo de vida y la forma en que veía el futuro, afirmó que todas las cosas que consideraba inadecuadas eran reflejo mío. Sus palabras me hirieron más que un corazón roto, luego su abrazo siguió, posesivo y mientras ya le pertenecía a otra afirmaba extrañarme, pero cuando estaba junto a ella no me respondía el saludo. Él me dijo el slogan más simpático y dolente que nadie me dijo jamás: “tan bonita, tan inteligente y sin amor”. Uno que nunca voy a olvidar. Lo perdoné porque él después de un tiempo se dio cuenta de que mis palabras no eran en vano. En momentos tristes, me gustaría correr a él y que me abrazara como en antaño, sin peleas previas, sin novias a las cuales evitar molestar, como era antes pero eso no es posible. Entonces la sensación de vacío es más grande.

Una vez, tuve a una persona que me dijo que prefería morir antes de que lo separaran de mi lado. Que éramos más que almas gemelas, parte de una misma alma. Él me suplicó amor y yo accedí a dárselo, él escondía sus pesares para que yo no los viera. Me besaba con dulzura y afirmaba que yo era la única razón de su cordura, pero a la vez en mí nacía otro tipo de locura suya y es que no podía evitar sentir que estaba loco por mí. Me contaba sus sueños de un futuro juntos, un futuro que nunca quise acariciar por verlo prematuro, pensaba “cuando tengamos hijos… cuando tengamos nuestra casa… cuando nos casemos…”. “Sí tú no hubieras entrado en mi vida hace mucho tiempo que me hubiera muerto”. Esa clase de frases trágicas que a algunas personas les gusta escuchar. Entonces él se fue, dijo que quería ser mi amigo todavía y sin embargo a las dos semanas me acusó de tratarlo con demasiada familiaridad. Hicimos una ofrenda de paz que sirvió para un reencuentro más y desde eso no nos hemos visto. A veces, en tiempos de soledad extraño su consejo, extraño la sensación de poder contarle a alguien lo que hay dentro de mi alma y que esté dispuesto a escucharlo, extraño sus respuestas trágicas de adolescente confundido con algo que cree es amor. No tengo quien escuche mis frases agónicas sin juzgarme.

Una vez, tuve a alguien que me miraba todo el tiempo. Me miraba como si sintiera un profundo amor, era tanto su ensimismamiento que todo el mundo lo notaba, todo el mundo me decía “ey, hay alguien ahí que no para de observarte”. Él no me hablaba pero lo intentaba, mi cercanía lo ponía nervioso, lo hacía reír, era extraño. Un día simplemente me dejé llevar y sentí amor, esos ojos me miraban como el primer día, mi pecho se llenó de un inmensurable sentimiento. Pasaron los días y el amor creció, dejamos de vernos y el amor creció, mis esperanzas y mis sueños. Soñé un mundo, me sentí amada por primera vez. Él no me mintió pero no me dijo la verdad completa, verla frente a mi no hizo más que evidente la soledad, extraño la forma en la que sus ojos me observaban, extraño sentir que el amor en mí me hacía explotar de mil formas. 

Yo puedo estar en una tarde con amigas, puedo estar rodeada de familia. Pero después… solo quedo yo, y a veces la sensación es tanta que no puedo evitar extrañar esos dejos que me hacían sentir que alguien me necesitaba, porque ahora sé que la única que debe necesitarse soy yo. Por favor soledad, no me tragues, hace mucho que espero consuelo, si me hubieras querido para ti incluso… hace mucho que me hubieras llevado.

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Sobre las crisis de vanidad

Como parte de mi crisis de los 20 (así he decidido llamarla), me ha entrado un desvergonzado anhelo de conservar la belleza que tengo (dentro de mi percepción) y acentuarla de ser necesario. De ser la típica niña que se ponía crema solo cuando se la cruzaba y cuyo único régimen de conservación era desmaquillarse cada noche con leche limpiadora y aprovechar esos cupones de spa a mitad de precio de vez en cuando (solo una vez ha decir verdad); me he vuelto un poco esclava de la mercadotecnia que lleva un ideal de belleza.

Siempre tuve sueños principezcos, me imaginé siempre en otra vida como una duquesita educada, rica que se dedicó solo a sí. En un momento de mi vida, tenía el anhelo inconfesable de ser una mujer florero, esas esposas que son preciosas y cuyos esposos las llevan a mostrar a sus amigos con orgullo, de esas que se saben el manual de Carreño desde la primera página (ya lo he leído, obsesión por la realeza resalto), visten elegantemente y cuya función es únicamente embellecerse, conservar esa belleza y educar a los hijos (labores del hogar jamás, estás manos se percuden). Era un deseo vano, pero en ese tiempo pensaba que era lo más cercano a ser alguien de la realeza en la actualidad. Es por ello que cuando leía las penas de las cortesanas de Balzac y describía a Esther siendo una belleza porque su única función era procurar cuidados, había algo que suspiraba dentro de mí, ese ente banal que habita en nosotros cuya único propósito es recordar todo lo que somos con egocentrismo. 

En la crisis de los veinte, me veo tomando dos cápsulas de 100 ui de Vitamina E, como antioxidante claro está, para prevenir las futuras arrugas y no tomo el de 400 ui porque sería demasiado, son hiposolubles, tampoco hay que abusar. Uso un acondicionador a base de aceite de oliva para los risos, cada semana embalsamo mi cabello con aceite de almendra para darle brillo, duermo toda la noche y enjuago. Cuido su recorte para que no le salga orzuela hasta calendarizando. Con respecto al cuidado de mi cara, me aplico exfoliante a base de ácido salicílico cada semana con su respectiva mascarilla de barro. Me desmaquillo con leche limpiadora y tengo un limpiador especial para ojos, también uso loción de estabilización del pH y crema día y noche para la hidratación. Tengo una esponja exfoliante para la piel, y muchas lociones para después del baño; como la crema corporal siempre se me olvida, me he comprado una que se aplica en la misma ducha. Crema especial para manos con aceite de rosas, para unas manos de profesionista diría mi abuelo, manicura y pedicura, pintado de uñas semanal si es posible. Exfoliante para pies con cáscara de nuez, crema para asperezas, crema para humectar. Spray de brillo para el cabello, iluminadores, crema texturizante, un rimel que me deja las pestañas estilo Twiggy, crema refrescante para ojos. Ahora me planteo comprar un tratamiento de conservación de pestañas y quizá un restaurador de puntas, polvos translúcidos y muchos colores de delineadores. Una amiga me va a dar un curso de maquillaje pronto y viva la vanidad.

No sé si la gente común hace tantas cosas, si es así, entonces creo que estoy atrasada con todo. Encuentro una rara satisfacción en mi cuidado, probablemente viene del hecho de que me sentí profundamente mal cuando una amiga me dijo que había pagado el extra de equipaje porque tenía que traer todos sus cremas de cuidados, yo no me había llevado ni una miserable gota; me sentí todo menos una mujer cuidadosa y luego viene alguien a decirme que mis manos están un poco ásperas, crisis de los 20. Quizá todo también es parte del sueño de ser una princesa que me planteé, tengo problemas con las compras o claro está, es mucho más entretenido cuidarse que sentarse y pensar, que uno está profundamente solo por dentro. Mejor nos aplicamos rubor y pensamos que somos bonitas, un poco de cabeceo hueco no queda mal, al fin y al cabo ¿no es a veces lo que los hombres quieren?

No soy banal, tampoco vanidosa, solo soy una persona que a falta de ocupaciones, aunque lo que haga no cree grandes cambios (puesto que la juventud es alta, no uso cosas que la dañen en producción y no requiere gran ayuda) se siente bien cuando se mira al espejo, eso es lo importante.

Oh crisis de los 20 o vanidad, no lo sé, que no sea patológico por favor.

Soledad en días cotidianos

Algunas veces en ciertas situaciones de mi vida, a mi mente viene una pequeña melodía triste a acompañarlas, como si tuviese mi propio acompañamiento musical en el fondo. Existen situaciones que me recuerdan en donde estoy parada y como en el presente, soy embargada continuamente por una triste soledad. La soledad es relativa, dicen que puedes estar solo entre toda la gente y eso es así, puedes un día encontrarte que sientes que no hay nadie en el mundo a quien quisieras recurrir (plenamente diferente al poder) y en verdad, es como si no conocieras a nadie y nadie te conociera, ni tus lamentos, ni tus porques. Nadie ahí fuera a quien sonreír en un día nublado o a quien recurrir en una tempestad. Nadie.

A lo largo de mi vida, jamás he podido luchar con la oscuridad albergada dentro de mi corazón, continuamente me he sentido sola incluso mientras alguien me sostenía la mano. He escuchado te quieros en mis oídos esperando que el corazón me saltara, pero no sucedía. Es algo común en las personas cuya soledad les ha embriagado al grado de menguar los sentidos, no hay creencia en los demás, solo los sentimientos propios. Las acciones no comprueban nada, porque se pueden dar por el entorno, no ser capaz de leer sinceridad en otros. No soy capaz de creer que alguien pueda quererme de verdad, simplemente ese sentimiento no llega a mi corazón si es que está ahí.

Nunca le creí a nadie, solo sonreía mientras por dentro lo escribía para intentar no olvidarlo, pero se volvía un cruel recordatorio de la insensibilidad de mi interior “te quiero y aunque tú digas que también, no puedo creerte…”. No me aferraba a nadie porque una parte siempre estaba lista para partir, para comprobar la teoría del desamor eterno que viene de fuera. Un “te lo dije” constante. Es hora de partir, oh abandonado.

A veces solo esperaba, que el tiempo con sus sinsabores me dijera la verdad a la cara “¿Estaré siempre sola?” era la pregunta “¿o decidiré estarlo por no creer que pueda arrancarle el latido a otro corazón?” se volvió el final de ella. Una vez creí desdibujarme en unos ojos, creí encontrar amor escondido en ellos. Describía románticamente “es que cuando esos ojos me miraban, era como si vieran al mundo”. Pero luego comprendí que hay diferentes formas de amar, que la admiración puede lucir como amor verdadero, que puedes estar esperando que ese amor regrese y no volverá, porque el querer que inspira la admiración puede ser a distancia y es más filial, es solo el espejismo que puede entreverse en la mirada humana. 

“Ese solo desea ser tú” dijo la gente y esa persona cuando no me encontró perfecta se desvaneció a pesar de lo ardiente que era su querer que confesaba. Se fue cuando la luz dejó de brillar, porque la luz era lo que ambicionaba, no la persona que la alimentaba. El placer es más interesante que explicar las razones por las que el brillo de repente se desvanece, es más llevadero que esperar a que la luz regrese. 

“Soy un ser de paso” eso me lo dije yo. Él sonreía a mí porque era diferente, no es que me quisiera, solo era una tonta que quiso tenerle cerca. Al menos él era sincero, expresaba en voz alta lo que le desagradaba, no le gustaba tomarnos las manos por encontrarlo antinatural. Era mi sentimiento él que me hacía feliz, no él de él, si por él fuera no nos hubiéramos encontrado más que lo fortuito, eso era lo que deseaba. No fue un engaño, al menos ahí gocé de la verdad frente a mis ojos. Marqué bien el día de ida para no regresar, él lo supo y pudo despedirse, no había más palabras que intercambiar entre nosotros.

“Él siempre te ha querido” susurraban las personas. Solo había felicidad en las bocas presagiantes ante la nueva nueva, él te quiere, él siempre te ha querido. Eran las palabras que salían siempre a relucir, pero él no me quiso y por el contrario si me dejó con verdades dolorosas saliendo de sus labios. Él quería un futuro como él que yo formaba pero no era capaz de alcanzarlo. Se sentía molesto y se fue de mí, dejándome un sin sabor y la nostalgia de un abrazo largo entre los dos.

Todas las historias son así, antes tenía el consuelo de haber visto aquella mirada. Pero pronto todo se deshizo, entonces no quedó precuelas que pudieran presagiar un buen futuro. Soy incapaz de creer que alguien puede quererme, cuando me lo dicen solo sonrío y respondo sincera, mientras espero que un día la oscuridad de mi alma se apiade de mí y decida dejarme o absorberme por completo. Para dejar de tener esa música triste en días cotidianos, en días lluviosos, días soleados, para tener certeza y no seguir simplemente, sonriendo un “no te creo”.

Hace frío, o es el frío de adentro que está hablando.