Pequeñas cosas

Es interesante a veces lo poco que puede hacer feliz a un corazón.

Yo estoy aquí, él está allá y nada nos une, ya no hay el pretexto de una oración que comenzamos, podríamos habernos olvidado del saludo en aquella noche de celebraciones, las palabras dichas en silencio en aquellas noches de fiesta.

Pero el contacto, aunque sea lejano, aunque ya no signifique lo que antes significaba aún es importante. Es por eso que saber que estás del otro lado aún, que no me olvidas me es confortable. Tu recuerdo es confortable.

Mis recuerdos aún recientes sobre ti oscilan de vez en cuando en mi mente, el corazón aún se mece ante esos sentimientos vividos, ya no presentes como antes pero ha cobrado vida en el pasado, para hacerme sonreír de vez en cuando en el presente.

No olvido las caminatas, las palabras, no olvido tus manos, no olvido aquella noche en aquella hermosa ciudad donde para mí comenzó todo, aquello que no tuvo nombre porque carecía de definición.

Pero dentro de la ausencia y el vacío de ella, con la vergüenza involucrada y todo, creo que fuimos aunque sea un poco más felices de lo que hubiéramos sido si no hubiéramos coincidido. Aún ahora y en esta situación, sigues haciéndome feliz con pequeñas cosas.

Me consuela pensar que lo que nos afectó a ambos fue real y que ahora puede ser algo diferente. Quédate conmigo, sé mi amigo y contémonos nuestras historias.

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Casa

Cuando estuve lejos recuerdo que estando ahí, sola a tu suerte fue extraño pero no diferente.

Recuerdo que las otras personas sentían cierta incomodidad, no tener a tu familia cerca suele causar una ausencia en tu corazón. Pero para mí era lo mismo, al fin y al cabo cuando estaba en el mi lugar natal también era la primera en llegar a casa y cuando me recostaba era una situación de suerte que los demás habitantes ya hubieran llegado por completo. Era lo mismo en el otro lugar, al fin y al cabo tampoco ya esperaba a nadie en casa. No había diferencia, era la misma soledad.

Es extraño como la gente decide vivir sus vidas y exiliarse de todo, siempre me gustó estar en casa, me gusta la casa sola es una de las características del hogar. Me gusta el silencio y la posibilidad de hacer lo que me venga en gana, que normalmente tiende a recostarme en un sofa y ver la televisión hasta que se me queda la mente en blanco.

Nací para ser sosa, no me gusta el contacto con las personas.

La gente suele decirme que soy rara: la primera vez me parece un halago, la segunda algo gracioso y a la tercera deja de ser divertido. No entiendo porque la gente quiere utilizar el mismo adjetivo una y otra vez, al menos si cambiaran la palabra quizá me parecería menos ofensivo y viviría con la creencia que la gente me llena de halagos. No me gusta simplemente la gente, la gente se divierte tomando grandes cantidades de alcohol y bailando como serpientes en la pista, a mi me gustan los libros y las pláticas amenas en compañía de un buen vino y si hay una cena involucrada mejor.

A lo mejor nací con el alma vieja, o pienso conservar el hígado a la vejez. También puede ser que sea que al no haber nadie en casa me acostumbre a estar así, a estar sola porque es lo más cercano que puedo a estar en conexión con mis pensamientos. Es de pensarse.

Pero por eso no resultó extraño, tampoco decidía irme cuando al llegar la casa estaba vacía era parecido al lugar natal. Incluso en aspectos tan cotidianos, parezco siempre la impar.