Érase una vez el amor…

Érase una vez el amor...

Del libro “Érase una vez el amor pero tuve que matarlo”. Excelente.

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Sobre entregar el alma en forma de libros

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No quiero decir que mi visión del mundo sea totalmente negativa, creo realmente que hay afuera como dirían en The perks of being a wallflower “Gente que no duerme con otras personas a pesar de que podrían” o uno de mis favoritos, el de Divergent “Personas que tienen el coraje de defender a otras”.

Pienso como en Hunger Games que las cosas pueden ser buenas de nuevo después de una desgracia, y que un encuentro casual puede ocurrir estilo Jenny y Oliver en Love Story con su “Amar significa no tener que decir nunca lo siento”.

Es solo que mi temor es fundado porque todas mis ilusiones han sido leídas, no son reales, no he visto algo que me haya conmovido en la médula y me haya dado ganas de estar en el lugar de la persona. Me temo que entonces, cada una de mis razones para vivir se encuentran únicamente escritas y en la imaginación de alguien más, es tenebroso porque es como vivir en otro mundo y ¿cómo distinguir cuando es realidad o jugueteo de la razón?

Es como si yo fuera el Renato en ese libro de Agustín Novás, ese personaje que se entrega a su intelectualidad y cuando el amor le llega simplemente ama para ser abandonado, y Renato solo fue hecho para amar una vez, un alma rota que no salía porque estar con otras personas era una tortura.

Una vez le dije a alguien que me reconocía con ese personaje y me preguntó si de verdad pensaba que de algún modo, mi alma estaba rota. La sola expresión de su cara fue suficiente para darme cuenta de que debía negarlo y a la vez la confirmación de que así lo sentía por dentro.

Ese libro es el que más me ha definido la historia, cuando lo leí por primera vez me impactó verme descrita en las líneas de un ser extraño y aún más en el funesto final que describía. Era algo propio, algo secreto que había compartido entre palabras pero jamás por completo, era como una revelación del alma que se esconde tras este cuerpo, una bestia pequeña como me gusta llamarla escondida junto al monstruo que es la mente. 

Nunca se me había ocurrido compartir algo así con una persona, ni con las más cercanas. Pero al tenerlo frente a mí, sentía que me comprendía, ambos habíamos sido rechazados de algún u otro modo, ambos teníamos problemas desangrándonos por dentro; si alguien podría comprender o intentarlo quizá y podría ser él. Yo sabía que el cariño nos duraría el tiempo que estuviéramos juntos físicamente. Pero dentro de mí tenía la ilusión de que la amistad durara la distancia y fuera por siempre. Quizá y pudiera tener un amigo que me comprendiera desde otro punto de vista, quise tener fe y confiar.

Entonces compartí con él mi secreto, le di mi alma plasmada en un papel junto con una envoltura que venía directamente de mis dedos y mi corazón. Para mí era una invitación pequeña, “ésta soy yo, un poco de mí, un poco de mí que nadie conoce”. Esa fue la promesa que me hice, la única ilusión que me permití tener respecto a esa persona, no sabía que tenía él pero era algo especial; algo que me hacía querer ir tras él y agradarle, sonreírle, quizá tomar su mano si la oportunidad se daba. Él tomaba mi mano y no le gustaba, como seña del secreto que le dí, él me regalo esa confesión.

A él no le gustaba prácticamente nada y a mí a decir verdad tampoco, creo que ambos teníamos tantas cosas por dentro que solo alcanzábamos a quejarnos de todo. Pero cuando mis quejas acababan las suyas seguían y era algo que me resultaba fascinante, quería que me hablara más de él para intentar entrever lo que escondía después de esa fachada; porque yo sabía que la había, si éramos tan parecidos debía tener el mismo mecanismo de defensa o al menos algo de ese estilo. Lo dejo entrever, me lo confesó sin hablarlo, me dio un poco de sí a cambio de lo que le dí, pero no era para que confiara demasiado; había sido demasiado dañado por confiar antes y no significaba que a pesar de mis buenos deseos y todas las cosas que quería darle él tenía que confiar, él no sabía si nos hablaríamos mañana, no sabía si nos recordaríamos algún día. 

Cuando leía ese libro podía recordar un poco quien era y de donde iban mis propósitos, a la par de mi perfume favorito sentía que podía definirme un poco más. Me alegré de abrir esa puerta, solo esperaba no tener que correr rápido y cerrarla.

Pero así sucedió y aún cómo y por qué, no conozco aún. No entiendo el propósito de lo que sucedió, él dijo “parte del destino era conocernos” pero eso no quiere decir que el destino tenía que gustarnos, quizá y él no hubiera querido conocerme, pero lo aceptaba y mi boca estaba llena de “lo siento” que no quería dejar escapar. Simplemente nos dejamos marchar y nos separamos. Fue la primera vez que le di a alguien un trozo de mí, aún me pregunto si en algún momento, él lo verá y entenderá mi propósito; quizá y aún no sea tarde para sonreírnos como amigos nuevamente en un anochecer con café.

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