Leyes

Desde que comencé mis estudios universitarios sin quererlo comencé a relacionar mi vida con las teorías y leyes que aprendía en el transcurso de la carrera. Pensaba cosas como “tiene lógica” o “se aplica”. Probablemente eso me hizo más racional de lo que ya de por si era.

Lo que recuerdo muy claramente fue una frase clave que comentó una vez un maestro; en determinación estructural cuando tienes todos tus resultados de análisis siempre es momento de echar a volar tu imaginación y ponerte a armar moléculas. Entonces mi maestro dijo “Podemos suponer cosas, pero no podemos asegurar nada de aquello que no vemos, solo de lo que está claramente ahí”. Para ponerlo de forma práctica es simplemente que el hecho de que yo no vea una señal de alcohol no significa que no haya un alcohol ahí.

No puedes fiarte de aquello que no es palpable, literal.

Esa fue la aplicación que pensé darle, recuerdo que siempre pensé que era una buena idea: no debes interpretar o creer que hay algo ahí solo basado en suposiciones colaterales. Basado en esto decidí que quería dejar de dar señales equivocadas al mundo y ser más explícita, un poco como Jenny de Love Story sin las palabras bruscas.

Entonces alguien me acusó de sinceridad. Pero no a modo de felicitación, sino pude ver el claro susto en su mirada, la reconozco es un tipo a la cual siempre tuve que enfrentarme: la mirada que produce algo extraño y por lo tanto desconocido. Me incluyo, a la gente no le gusta lo desconocido. Me dijo que él no podría hacer eso como yo, expresarse de esa manera, utilizar las palabras que yo había dicho. No sé si fue un halago o un grito del estilo “quémenla es bruja”, pero no me sentí bien al escucharlo, solo me hizo ante mis ojos, más rara de lo que por si ya era, más diferente y menos adaptable. De por si no me lo dijo mientras le contaba un cuento de hadas, realmente le contaba algo que me hizo sentir fuera de mi misma y después de ese comentario el remate del concurso a la rareza se posó en mí.

No puedes fiarte de aquello que no es palpable, literal.

Yo en ese entonces pensaba que tenía unos buenos amigos, en ese lugar lejano a casa. Pensaba que también tenía una persona que me hacía feliz y a la que yo le agradaba por quien era; olvidé el principio, él no leer cosas entre líneas porque no son obvias y pueden ser fácilmente malinterpretadas; la felicidad suele hacerme olvidar cosas importantes como ésa. Al final del camino solo descubrí que no debes llamar amigos con quienes pasas un buen momento, no debes creer que alguien siente algo por ti porque te ha dicho un par de frases que te han hecho sonreír y que las cosas pueden arreglarse si en ti no pueden. Al final del proceso yo me quedé con un complejo más, la incapacidad de ver a cierto grupo de personas juntas en una habitación y un vergüenza que le da unas vueltas a Júpiter.

Redescubrí aspectos de mí: recordé porque me desagradaba convivir con gente poco conocida, volví a sentir cierta misantropía y mis niveles de intolerancia subieron a límites pocas veces alcanzados. De nuevo le di las llaves a mi parte racional para que se hiciera cargo de regresarnos salvos a casa, mi parte emocional volvió a recluirse en lo hondo de mí al menos por una temporada. Me reiteré que no volvería a tomar iniciativas, adiós amores fugaces que al final suelen ser mentiras o al menos de parte de otra persona.

Me quedó una secuela que no había tenido antes “arrepentimiento”. Nunca antes había sentido arrepentimiento de algo que hubiera hecho, simplemente pensaba que si había sucedido era porque de algún modo ello me ayudaría a crecer; pero en esta ocasión los momentos me superaron, digamos que en mi mente un mal recuerdo es algo así como una bola de pintura, mientras más grande al explotar manchará más a su paso. Todos mis recuerdos agradables fueron totalmente empapados por el final. Cuando intento recordar lo agradable que fue la plática entre tres tomando un café luego de pasear por la ciudad, solo me viene un sentimiento de vacío. Cuando intento recordar la sensación que me invadió cuando él dijo que ambos teníamos suerte, solo me viene un tanto de desesperanza.

Las despedidas por consiguiente no me llegaron, porque ellos ya me habían dejado desde antes, porque yo ya no quería seguir con ellos. Porque eran sinónimo de desesperación, desesperanza, caos, angustia. Ya no había dejos felices cuando los veía, no había nada que dejar atrás. Por eso cuando tomé mis maletas no me invadió la nostalgia, era ya momento de partir. Porque perdí la fe en ellos y cuando pierdo la fe, se ha perdido todo. Todas las palabras, que si el destino, que si espero vernos pronto, todo eso recuerdo sonreí porque me di cuenta que no lo creía, no creo ya en todo lo que vivimos. Solo están las gigantezcas manchas que no logran que yo pueda ver a través de ellas. Adiós a la nostalgia, si me preguntaras si repetiría aquellas salidas en grupo, aquellas tardes de café, aquella tarde escribiendo nuestros deseos en aquella conocida plaza, aquellas pláticas de madrugada, el haber sido feliz con pequeñas cosas… sí ahora me lo preguntarás sonriendo te diría que no.

No puedes fiarte de aquello que no es palpable, literal.

Esas sensaciones quizá no fueron reales.

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